¿Quién está pastoreando el corazón de tus hijos?
La responsabilidad de los padres cristianos frente a los medios de comunicación
Nunca antes nuestros hijos habían tenido acceso a tantas voces al mismo tiempo.
Una pantalla puede poner frente a ellos, en cuestión de segundos, entretenimiento, conocimiento, música, ideologías, violencia, sexualidad, humor, modelos de éxito, formas de relacionarse y maneras completamente diferentes de entender la vida.
Por eso, una de las responsabilidades más importantes de los padres cristianos de nuestra generación es aprender a pastorear el corazón de sus hijos también en aquello que consumen.
El objetivo no consiste simplemente en prohibir.
Podemos quitar un teléfono de las manos de un niño y no haber ganado su corazón. Podemos bloquear una aplicación sin haberle enseñado discernimiento. Podemos establecer horarios sin haber formado dominio propio.
La meta cristiana debe ser mucho más profunda: formar hijos capaces de reconocer aquello que alimenta su vida espiritual y aquello que lentamente comienza a desplazar a Dios de su corazón.
Nuestros hijos son un objetivo
Nos guste o no, nuestros hijos representan uno de los públicos más importantes para la industria del entretenimiento y los medios digitales.
Constantemente reciben mensajes diseñados para obtener su atención.
El problema es que un niño o un adolescente todavía está desarrollando muchas de las herramientas necesarias para evaluar críticamente aquello que consume. Por eso necesita padres presentes, involucrados y espiritualmente atentos.
La Escritura coloca sobre los padres una responsabilidad formativa:
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.”
Proverbios 22:6
Instruir implica mucho más que corregir cuando algo sale mal. Significa acompañar, explicar, establecer límites y enseñar criterios.
Nuestros hijos necesitan aprender no solamente qué no deben ver, sino por qué ciertas cosas no convienen a alguien que desea amar y seguir a Cristo.
El problema no está solamente en sus pantallas
Aquí aparece una pregunta mucho más incómoda para nosotros como padres:
¿Qué están viendo nuestros hijos en nosotros?
Podemos establecer excelentes reglas familiares y destruirlas con nuestro propio ejemplo.
Si pedimos a nuestros hijos que reduzcan el tiempo frente a una pantalla, pero nosotros vivimos pendientes del teléfono, nuestras palabras pierden fuerza.
Si hablamos de congregarnos como una prioridad, pero estamos dispuestos a desplazar nuestras responsabilidades espirituales cada vez que aparece un partido, una serie o cualquier entretenimiento que nos interesa, también estamos enseñando.
Si les hablamos acerca de pureza, pero consumimos tranquilamente contenidos cargados de sensualidad, vulgaridad o valores contrarios a nuestra fe, también estamos enseñando.
Si reprendemos a nuestros hijos por determinadas palabras, pero nos reímos constantemente de chistes de doble sentido, irreverentes o degradantes, también estamos enseñando.
Porque los padres enseñamos incluso cuando no estamos hablando.
Nuestros hábitos son maestros silenciosos.
Nuestros hijos observan qué amamos
Jesús dijo:
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”
Mateo 6:21
Nuestros hijos probablemente no utilizarán esas palabras para analizarnos, pero aprenderán rápidamente qué cosas nos emocionan, qué cosas defendemos, a qué dedicamos nuestro dinero y qué ocupa nuestro tiempo.
Por eso sería contradictorio afirmar continuamente:
“Jesús debe ser lo más importante de tu vida”
mientras nuestro estilo de vida comunica exactamente lo contrario.
No podemos esperar que nuestros hijos desarrollen dominio propio frente a los medios si nunca nos han visto apagar voluntariamente una pantalla.
No podemos enseñarles que Cristo es suficiente mientras nosotros necesitamos entretenimiento constante para sentirnos satisfechos.
Y tampoco podemos pedirles discernimiento si en nuestro hogar nunca conversamos acerca de las ideas que aparecen detrás de una película, una canción, una serie o una publicación.
No se trata de criar hijos aislados
Pastorear el corazón de nuestros hijos tampoco significa necesariamente encerrarlos en una burbuja.
Nuestro objetivo no debería ser criar jóvenes que solamente sepan decir:
“Mis padres no me dejan.”
Queremos formar jóvenes capaces de decir:
“He aprendido a reconocer que esto no me conviene.”
Existe una enorme diferencia.
El primer joven depende permanentemente de una prohibición externa.
El segundo comienza a desarrollar una convicción interna.
Pablo escribe:
“Todo me es lícito, mas no todo conviene.”
1 Corintios 6:12
Esta puede convertirse en una excelente pregunta familiar frente al entretenimiento:
¿Esto me conviene?
Pero podemos añadir otras:
¿Esto alimenta pensamientos que honran a Dios?
¿Está normalizando aquello que la Escritura llama pecado?
¿Me está ayudando a desarrollar dominio propio o está comenzando a dominarme?
¿Puedo consumir esto con una conciencia limpia delante de Dios?
¿Está ocupando un lugar desproporcionado en mi tiempo y en mi corazón?
Estas conversaciones desarrollan discernimiento.
Antes de revisar su teléfono, revisemos nuestro corazón
Es fácil preocuparnos por aquello que nuestros hijos están consumiendo. Más difícil resulta permitir que Dios examine nuestros propios hábitos.
Quizá antes de establecer una nueva regla para ellos debamos preguntarnos:
¿Existe algo que yo también necesito apagar?
Nuestros hijos necesitan límites. Necesitan supervisión. Necesitan padres capaces de decir “no” cuando sea necesario.
Pero necesitan algo todavía mayor:
necesitan ver padres que aman a Cristo más que aquello a lo que están renunciando.
El cristianismo familiar no puede reducirse a una colección de prohibiciones. Nuestros hijos necesitan descubrir que cuando Cristo ocupa verdaderamente el centro del hogar, renunciar a determinadas cosas no significa perder libertad, sino aprender a utilizarla correctamente.
Por eso, el desafío de nuestra generación no consiste simplemente en criar hijos que sepan utilizar correctamente una pantalla.
Necesitamos formar hijos que, algún día, cuando nosotros ya no estemos mirando, tengan suficiente discernimiento para decidir por sí mismos qué permitirán entrar a sus ojos, a su mente y, finalmente, a su corazón.
Porque tarde o temprano nuestros hijos tendrán una pantalla que nosotros no podremos controlar.
Pero si hemos pastoreado correctamente su corazón, llevarán consigo principios que podrán acompañarlos cuando nosotros ya no podamos hacerlo.
Lic. Oscar Christopher Thomas Bravo
Licenciado en Teología | Psicólogo
Director del Centro Psicopedagógico Cristiano Lancaster
Ministerios Verdad y Vida — Recursos para pastores, maestros, líderes y familias cristianas.